Imagina que estás en un bar. Puede ser el bar que prefieras. El
de tu barrio, aquél de Barcelona al que vas a tomarte unas birras mientras la
música rock araña tus oídos… Podría ser un bar de la Costa Brava. Sí, quizá es
uno de aquellos bares que están a reventar de guiris –perdón, turistas-. De pronto, ves a una preciosa rubia que, desde el extremo opuesto del
local, te mira intensamente. Debe de
ser alemana u holandesa, incluso noruega. Rápidamente terminas la caña y pides
otra. Como debes de haber imaginado, eres un tío. Un tío moreno y alto con
barba –y quizá tatuajes o una dilatación-. Tus ojos oscuros llevan encandilando
a las guiris –perdón, turistas- desde los tempranos e influenciables quince. Tu
edad es imprecisa ahora. Deben de haber transcurrido los suficientes años como
para que sepas distinguir el tipo de miradas que te lanzan esas preciosas
rubias.
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