Soy una posesión. Hasta aquí no estribaría ningún tipo de problema si no fuera por la obvia evidencia de que soy una posesión dotada de conciencia. Claro está, el que tenga conciencia no significa que no sea una cosa o que no se me pueda considerar como tal y, de hecho, esto es lo que ocurre, que soy objeto de posesión y no sujeto de.
Es lo más normal que en el devenir discursivo el planteamiento se enfocara
hacia una temática más tocante al deseo del ente dotado de conciencia de ser
tratado como un objeto. Hablaríamos, pues, de si esto implica una denostación
fruto de la misma conciencia hacia ella misma, así como de lo sugerente que
resulta la anterior premisa y los motivos que pueden llevar al sujeto a desear
ser un mero objeto. Pero no. Este texto no va de lo comentado. No va sobre la
contradicción en la que nos vemos sumidos cuando queremos ser considerados
sujetos y, a la vez, ser utilizados como objetos. Este texto trata de como el
sujeto es, independientemente de su voluntad, receptáculo y espejo de la
voluntad de la figura del otro; de cómo no es un medio, es decir, objeto, para
llegar a un fin; así como tampoco un fin en sí mismo, es decir, sujeto.